La niña comenzó a salticar. se elevaba en el aire, se reía de cómo su pollera se inflaba y se desinflaba. Después, cuando dejó de causarle gracia, la niña comenzó a correr. Corría por esos prados tan vastos que pensaba que jamás la podrían encontrar.
Se tropezaba con las pequeñas piedras en su camino. Caía estrepitosamente y se dejaba rodar. Porque el prado también tenía una encantadora pendiente, por la que podía deslizarse a toda velocidad, mientras reía por la sensación del césped sobre su estómago, sobre su espalda.
La niña se quedaba ciega, porque su larga cabellera se enroscaba en su cabeza y apenas si podía atisbar a través de ella.
Entonces fue cuando llegó a algún lugar.
Había rodado hasta el final, hasta donde nunca se había animado a aventurarse. El prado era demasiado vasto como para conocerlo por completo.
Se levantó, sin dejar de reír, y se encontró con un pequeño tunel que, danzarina, recorrió volviendo a salticar. Se puso a cantar.
Su voz retumbó, espantó a un par de murciélagos que, irritados, se fueron lo más rápido que pudieron.
Finalmente llegó al otro lado. Nunca había estado allí. Era demasiado espectacular como para haberlo conocido y luego no recordarlo.
De repente un pequeño unicornio vino a su encuentro.
La niña no se sorprendió, se acercó e intentó tocarlo. Entonces el pequeño animal la miró, y ella notó algo extraño... la miraba con sus ojos encendidos, comenzando a enfurecerse.
No era posible, no en su fantasía.
Comenzó a correr, a desandar lo andado, a trepar por la pendiente, mientras el animal la seguía, endemoniado, sin un dejo de disposición a darse por vencido.
- ¡Yo lo imaginé! No puede perseguirme...
pensó la niña, y luego se esforzó por despertar.
Despierta.
No.
El unicornio se acercaba, justo cuando la niña terminó de subir la pendiente. El unicornio la empujó. La niña comenzó a rodar, ya sin reirse, quedándose nuevamente ciega.
Y finalmente cayó, y sintió la agradable sensación de caer sobre un colchón de plumas.
Se tropezaba con las pequeñas piedras en su camino. Caía estrepitosamente y se dejaba rodar. Porque el prado también tenía una encantadora pendiente, por la que podía deslizarse a toda velocidad, mientras reía por la sensación del césped sobre su estómago, sobre su espalda.
La niña se quedaba ciega, porque su larga cabellera se enroscaba en su cabeza y apenas si podía atisbar a través de ella.
Entonces fue cuando llegó a algún lugar.
Había rodado hasta el final, hasta donde nunca se había animado a aventurarse. El prado era demasiado vasto como para conocerlo por completo.
Se levantó, sin dejar de reír, y se encontró con un pequeño tunel que, danzarina, recorrió volviendo a salticar. Se puso a cantar.
Su voz retumbó, espantó a un par de murciélagos que, irritados, se fueron lo más rápido que pudieron.
Finalmente llegó al otro lado. Nunca había estado allí. Era demasiado espectacular como para haberlo conocido y luego no recordarlo.
De repente un pequeño unicornio vino a su encuentro.
La niña no se sorprendió, se acercó e intentó tocarlo. Entonces el pequeño animal la miró, y ella notó algo extraño... la miraba con sus ojos encendidos, comenzando a enfurecerse.
No era posible, no en su fantasía.
Comenzó a correr, a desandar lo andado, a trepar por la pendiente, mientras el animal la seguía, endemoniado, sin un dejo de disposición a darse por vencido.
- ¡Yo lo imaginé! No puede perseguirme...
Despierta.
No.
El unicornio se acercaba, justo cuando la niña terminó de subir la pendiente. El unicornio la empujó. La niña comenzó a rodar, ya sin reirse, quedándose nuevamente ciega.
Y finalmente cayó, y sintió la agradable sensación de caer sobre un colchón de plumas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario