..El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que tienen miedo, muy largo para los que se lamentan, muy corto para los que festejan. Pero, para los que aman, el tiempo es eternidad...







domingo, 12 de abril de 2009

La niña

La niña comenzó a salticar. se elevaba en el aire, se reía de cómo su pollera se inflaba y se desinflaba. Después, cuando dejó de causarle gracia, la niña comenzó a correr. Corría por esos prados tan vastos que pensaba que jamás la podrían encontrar.
Se tropezaba con las pequeñas piedras en su camino. Caía estrepitosamente y se dejaba rodar. Porque el prado también tenía una encantadora pendiente, por la que podía deslizarse a toda velocidad, mientras reía por la sensación del césped sobre su estómago, sobre su espalda.
La niña se quedaba ciega, porque su larga cabellera se enroscaba en su cabeza y apenas si podía atisbar a través de ella.
Entonces fue cuando llegó a algún lugar.
Había rodado hasta el final, hasta donde nunca se había animado a aventurarse. El prado era demasiado vasto como para conocerlo por completo.
Se levantó, sin dejar de reír, y se encontró con un pequeño tunel que, danzarina, recorrió volviendo a salticar. Se puso a cantar.
Su voz retumbó, espantó a un par de murciélagos que, irritados, se fueron lo más rápido que pudieron.
Finalmente llegó al otro lado. Nunca había estado allí. Era demasiado espectacular como para haberlo conocido y luego no recordarlo.
De repente un pequeño unicornio vino a su encuentro.
La niña no se sorprendió, se acercó e intentó tocarlo. Entonces el pequeño animal la miró, y ella notó algo extraño... la miraba con sus ojos encendidos, comenzando a enfurecerse.
No era posible, no en su fantasía.
Comenzó a correr, a desandar lo andado, a trepar por la pendiente, mientras el animal la seguía, endemoniado, sin un dejo de disposición a darse por vencido.
- ¡Yo lo imaginé! No puede perseguirme...
pensó la niña, y luego se esforzó por despertar.

Despierta.
No.

El unicornio se acercaba, justo cuando la niña terminó de subir la pendiente. El unicornio la empujó. La niña comenzó a rodar, ya sin reirse, quedándose nuevamente ciega.

Y finalmente cayó, y sintió la agradable sensación de caer sobre un colchón de plumas.


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